Ahora que la pantalla está ya iluminada, y el teclado espera sólo el tacto diligente de los dedos, me dirijo a Ti, Señor, en la seguridad de que voy a encontrarte tam¬bien en los caminos anónimos de Internet, que cruzan el mundo, hechos del anhelo del hombre por comunicarse, del propósi¬to feliz de negar las distancias. Enséñanos a usar de este medio con pro¬vecho y con medida y ayúdanos a sortear los peligros de nuestra singladura: que no nos aturda toda esta información tan ingente, que no nos embauquen las vanas apariencias, vacías de contenido, que sepamos alejamos de cualquier forma de esclavitud indigna, de la ceguera del pen¬samiento único, de los caminos sin rostro de la deshumanización. Y al final, cuando se apague de nuevo la pantalla y tengamos la vana impresión de haber aprendido alguna cosa, recuérdanos que saber y conocimiento son algo más que esa información fragmentaria que pasó fugazmente ante los ojos, y que el mundo será siempre más ancho de lo que nos pareció entender, porque llega hasta lo más profundo de cada hombre y se pierde después en el horizonte inmenso de tu corazón de Padre. Amén. J. Fernández de la Gala
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