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(2 Cor 5:14)

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“EL AMOR DE CRISTO NOS APREMIA”

                                                (2 Co 5, 14) 

                                                Sr. María Ko Ha Fong

                                                25 mayo 2009  

Comienzo mi propuesta de reflexión con una narración de los Padres del desierto: 

Cuéntase que, una vez, el Abbà Lot fue a visitar al Abbà Joseph y le dijo:

“Abbà, en la medida que puedo, observo una pequeña regla, practico todos los ayunos, rezo y hago meditación, me mantengo sereno y conservo puros mis pensamientos.

¿Qué otra cosa puedo hacer? Entonces, el viejo monje, se puso en pie, alzó las manos al cielo y sus dedos se convirtieron en diez antorchas de fuego. Y le dijo: “Por qué no te transformas en fuego ? 

El Capítulo General, para nosotros, religiosas y religiosos, además del objetivo de examinar la situación de la Congregación concreta, de individualizar los desafíos que se han de afrontar y crear nuevos proyectos para el futuro, es siempre un reclamo a rescaldar el corazón, una ocasión para reavivar juntos el fuego, para aumentar nuestras mejores energías, las que brotan del amor, para profundizar nuestras motivaciones más profundas, reforzar nuestras convicciones, para refrescar en la alegría y en el encanto, para llevarnos por un  camino en el signo de la fidelidad, para dejarnos sorprender por Dios, que es rico en amor y maravilloso en el modo de manifestarlo. Todo esto vale, sobre todo, para vuestro XXII Capítulo General, que tiene como fuerza de empuje la afirmación de Pablo: “El amor de Cristo nos apremia”. 

La vida consagrada, de hecho, brota y es alimentada por el amor que atrae, envuelve y empuja. No se trata de cumplir las prescripciones y observar las reglas, como el buen monje de la narración, sino de la “medida alta”, de la “fantasía del amor”, como dice Juan Pablo II  (Novo Millennium ineunte, 31,50), dereflejar el esplendor de Dios” (Vita consacrata 24).

Sin hacer un análisis exegético presento algunas anotaciones para profundizar la palabra de Pablo en 2Co 5,14. 

a) Contexto literario 

La afirmación incisiva de Pablo: “El amor de Dios nos apremia”, se encuentra en la Segunda Carta a los Corintios, donde Pablo ha tenido que afrontar serios problemas. El Apóstol soñaba con comunidades cristianas, unidas, concordes, rebosantes de vitalidad y sólidamente fundadas en el misterio de Cristo crucificado. En cambio, la amarga experiencia, ya manifestada en la Primera Carta a los Corintios, es la de tener delante de sí una comunidad con problemas complejos y graves divisiones. Y aún respecto a él mismo, han surgido fuertes malentendidos, variadas formas de desconfianza, y acusaciones fuertes. En Corinto se han infiltrado en la comunidad personas que la llevan en otra dirección, diversa de la genuina, radicada en el Evangelio e indicada por Pablo.

Predican el evangelio de Cristo con fines utilitarios y para su propia ventaja (“mercadean” con la Palabra de Dios: (2,17), como título legítimo de su actuación apelan a cartas de recomendación (3,1), haciéndose ver de modo excesivo (5,12), y se apoyan en la ley del Antiguo Testamento, interpretándolo de un modo rígido (3, 4-14). 

Está en juego, no sólo su persona sino la integridad y la pureza de la fe cristiana. Y cuando se trata de fe, Pablo estalla, con la misma radicalidad que Jesús, a veces lo manifiesta en el Evangelio. Encontramos un Pablo que se manifiesta con franqueza y a corazón abierto, sin frenos ni ataduras. La carta tiene un ritmo vigoroso. 

Reaccionando frente a los opositores, Pablo nos ofrece una amplia reflexión acerca del verdadero sentido del ministerio eclesial y de la identidad del apóstol del Evangelio. El verdadero apóstol no manda sobre la fe de los cristianos, es más bien, el colaborador de su alegría (1, 24), no se predica a sí mismo, sino al Señor Jesucristo, por cuyo amor se pone completamente al servicio de la comunidad (4, 5). Es el “perfume de Cristo” que difunde el conocimiento de Dios en todo el mundo (2, 14-15). Es el servidor humilde, portador indigno de un mensaje que trasciende infinitamente su persona: un simple vaso de barro que custodia y transmite un tesoro inestimable (cf. 4, 7). La vida del apóstol no está contrafirmada por el honor o el éxito, sino por las tribulaciones soportadas con coraje, porque mediante la participación en la muerte de Cristo deb e dar los creyentes su vida (4.7-12). Es en este contexto en el que Pablo afirma: “El amor de cristo nos apremia” (5,14). 

b) El movimiento del pensamiento 

Fijemos la atención en el micro-contexto tomando en consideración los versículos 12-17, para coger el movimiento del pensamiento y acaso también la emoción de Pablo, cuando iba llegando a este punto de su carta. 

[12]No volvemos a recomendarnos ante vosotros; solamente  queremos daros ocasión para estar orgullosos de nosotros y así tengáis ocasión cómo responder a los que se glorían de lo exterior y no de lo que está en el corazón.

[13]En efecto, si hemos perdido el juicio, ha sido por Dios; y si somos sensantos lo somos por vosotros.

[14]Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron.

[15]Y murió por todos, para que no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucito por ellos.

[16] Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así.

[17]Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo 

A diferencia de sus opositores que exhibían su “valía exterior” Pablo abre, de par en par, con sinceridad su corazón delante de la comunidad. Presenta su trabajo diario de entrega desinteresada y altruista por la comunidad (v.13), su concreto vivir no para sí, sino por el que ha muerto por nosotros (v.15). Desvela el manantial secreto, del que saca energía e inspiración para su frenética actividad misionera: el pensamiento del amor de Cristo, testimoniado en la prueba suprema de la muerte de cruz (v.14) es para él una fuerza irresistible que lo “empuja” a anunciarlo a todos los hombres, para que todos puedan tener una vida nueva, viviendo ya no más para sí mismos, sino para Cristo, que muró y resucitó por todos (v. 15,17). 
 

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Quisiera, ahora, focalizar la atención solamente sobre la frase: “El amor de Cristo nos apremia”, proponiendo algunas sencillas reflexiones dividas en dos partes: el amor que ha apremiado a Dios, y el amor que nos apremia a nosotros. 
 

          1. El amor que ha movido a Dios
 
 

“El amor es una reserva sagrada de energía”, dice Teilhard de Chardin. Es una fuerza poderosísima. El Catecismo de la Iglesia Católica describe el amor como el motor fundamental de cada acción humana: “La pasión fundamental es el amor”, (n.1765). Esto vale también para Dios. El amor lo ha movido a dar al mundo a su propio Hijo, a cuidar con bondad preveniente y providente de todos sus hijos. 

En la expresión el amor de Cristo, el genitivo se entiende como “genitivo subjetivo”

(el amor con el que Cristo nos ama), o bien, como “genitivo objetivo” ( el amor que tiene como objeto la persona de Cristo). Parece que ambos significados estén incluidos en la mente de Pablo. Sin duda el primero es el fundamento del segundo. “No hemos sido nosotros a amar a Dios, sino que es Él el que nos ha amado a nosotros” (1Jn 4, 10).

La “pasión” del hombre por Cristo deriva de la “pasión” de Cristo por el hombre.

El amor que Cristo nos ha demostrado hasta morir y resucitar por nosotros es percibido por Pablo en lo más profundo de su alma como una fuerza insustituible que lo empuja a recambiar este amor. 

1. El amor encarnado 

Todas las religiones hablan de amor, pero nosotros afirmamos que “Dios es amor” y que al amor por la humanidad lo ha movido a hacerse hombre. 

“Si desgarraras los cielos y descendieras” (Is 63, 19): este grito del profeta Isaías manifiesta un anhelo profundo de la humanidad. Desde siempre el hombre siento como algo insuperable la distancias entre el cielo y la tierra, entre su mundo y el mundo misterioso inalcanzable sonde habita la divinidad. De siempre desea que esta distancia se acorte, que las esferas divina y humana se toquen, no por una explosión sino por un abrazo.

El hombre ha intentado también superar esta distancia por propia iniciativa y con sus propios medios. Adán y Eva han caído en la tentación de querer “ser como dioses” (Gn 3,5), sus descendientes han intentado “construir una torre y una ciudad, cuya cima toque el cielo (Gn 11, 13). Querían decir a Dios: “Estate en tu cielo. No tienes por qué incomodarte. Somos capaces de llegar hasta ti si queremos encontrarte”.  Naturalmente esta empresa de autoexaltación falló con consecuencias dolorosas. Caminando hacia delante en la historia han aprendido, gradualmente, que el “subir” del hombre al cielo no es posible si no viene precedido por un “descender” de Dios a la tierra.

Se dirigían a Dios en la plegaria para que quisiera «inclinarse” sobre ellos (Sal 142, 2; 53, 3; 102, 20; 136, 6) y veían en cada intervención divina a su favor, este “descender“ de Dios hacia su pueblo (cf. Es 3,8; 19, 11;Nm 11, 17; Sal 144, 5). Mientras se iba madurando la idea que existen determinados lugares en los que Dios ama manifestarse, lugares santos elegidos por Él para ser el lugar de contacto entre el cielo y la tierra, una “escalera” que permite comunicar con Dios, según el sueño de Jacob en Betel (cf. Gn 28, 12). O también, por privilegios particulares, solo determinadas personas podían entrar en la nube oscura (como Moisés) y estar delante de la majestad terrible del Trascendente. 

Esta anhelo de un resquicio de comunicación con lo divino es algo común en todos los pueblos. En China, por ejemplo, ya en la remota antigüedad se buscaba el “escrutar la voluntad del cielo” a través de la observación de los astros, del ritmo vital de la naturaleza, del flujo dela energía del cuerpo en el cuerpo humano. Y en todos los pueblos se desarrollan formas de adivinación, de penetración en lo oculto o de magia.

El pueblo de Israel no era una excepción (cf. el rechazo de estas formas religiosas desviadas por parte de Moisés en el nombre del Señor Dt 18, 10-12). 

Ninguno puede conocer a Dios si Él no se revela, nadie puede ver a Dios si Él no se deja ver. Pero és ta es la gran sorpresa: Dios se ha revelado, y en modo maravilloso, inesperado e inaudito. El Hijo de Dios “por nosotros los hombres y nuestra salvación bajó del cielo” como profesamos en el Credo, aquel que “está en el seno del Padre”(Jn 1, 18), es decir que mora en el corazón del Padre y que nos ha manifestado cuanto es inmensurable e impensable el amor de Dios. 

Jesucristo es el amor de Dios encarnado, es la expresión suprema del amor de Dios por la humanidad. Juan lo interpreta así: “De hecho tanto ha amado Dios al mundo de darnos a su Hijo unigénito”(Jn 3, 16), “En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: Dios ha mandado su unigénito Hijo en el mundo para que tuviésemos la vida por medio e Él ( IJn 4, 9); y Pablo: “Él no ha perdonado a su propio Hijo, sino que lo ha dado todo por nosotros”. 

2. Ha amado con un corazón de hombre 

Con la venida al mundo del Hijo de Dios nuestro mundo se ha transformado en casa de Dios, con su introducirse en las vicisitudes humanas, nuestra historia se ha convertido en historia de Dios, con su hacerse hombre nosotros nos hemos hecho hijos de Dios y con su asumir un corazón de hombre, éste se ha hecho el lugar de la manifestación del amor de Dios. La Constitución pastoral Gaudium et spes del Vaticano II ha expresado esto con tanta precisión: Jesús “ha trabajado con manos de hombre, ha pensado con mente de hombre, ha obrado con voluntad de hombre, ha amado con corazón de hombre. Naciendo de María virgen, se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros menos en el pecado (n.22). 

El corazón de Jesús ha experimentado la alegría más pura y el dolor más lacerante, ha provocado conmoción, turbación, maravilla, indignación, aflicción, alegría y toda la gama de sentimientos que confirman tan a fondo nuestra identidad humana y nuestra vida de cada día. 

En su relación con los demás Jesús muestra una gran humanidad, una actitud de participación serena y abierta a todo lo que es auténticamente humano. Él ha querido crecer en el contexto de la vida de todos los días en un ambiente sencillo. Su persona y palabras dejan ver un calor humano, lleno de buen sentido, sabiduría, realismo, de amor a la vida. Habla con desenvoltura y sentido práctico del trabajo del campesino, del viñador, del pescador, del pastor, del comerciante, del constructor de casas. No se le pasan por alto las labores de la mujer, como amasar la pasta, hacerla fermentar y cocer el pan, encender la lámpara y ponerla sobre el candelero, conservar el vino, remedar los vestidos viejos. Cono el dolor de la mujer que está para dar a luz y comprende su estado de ánimo. 

Goza de la alegría de la fiesta, acepta con gusto las invitación al banquete, visita los amigos, participa a las bodas, tiene en sus brazos a los niños y mira con simpatía los juegos que hacen en la plaza. Observa con atención a la gente que reza en el templo y no le pasa desapercibido el gesto humilde y discreto de una mujer que echa sus dos únicas moneditas en el tesoro.

Condivide el dolor de quien está en luto, comprende la angustia de los padres que tienen hijos enfermos, se conmueve por el llanto de una madre y por la muerte de un amigo, siente compasión por la muchedumbre desorientada, capta el sentido de impotencia de quien se da cuenta de ser incapaz de prolongar la propia vida ni siquiera un día, conoce la inquietud de quien tiene la responsabilidad de custodiar la casa ante ladrones imprevisibles. 

No le son extrañas las complejas dinámicas de las relaciones humanas, tanto en familia con en la sociedad. Él mismo ha vivido una vasta gama de relaciones: con sus familiares y compaisanos, con los discípulos, la gente, con amigos, admiradores y opositores, con las autoridades civiles y religiosas, con judíos y griegos, con personas ricas y pobres, cultas y menos cultas, etc. En sus parábolas habla con perspicacia de las relaciones entre padre e hijos, entre hermanos en la familia, entre amos y siervos, entre maestro y discípulo, entre rey y súbditos, entre ricos y pobres, poderosos y oprimidos; sobre todo

Él insiste en el amor que se ha de extender a todos, hasta a los enemigos. 

El amor de Dios manifestado en Jesús no es algo abstracto, sino muy concreto, sensible, lleno de calor humano, rico de relaciones y tiene el sabor de la cotidianidad. Nos invita: “Venid a mí… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29), pero antes ha venido a nosotros, ha “aprendido” a ser como nosotros, ha colmado con amor la infinita distancia entre el hombre y Dios, solo así podemos ir hacia Él, aprender de Él y conformar nuestro corazón al suyo. 

3. La cruz como signo sorprendente del amor de Dios 

Ya es un acontecimiento de inconcebible grandeza que dios se haga hombre, un creador que ponga al nivel de sus criaturas; es sorprendente que este Dios hecho hombre haya querido condividir no solo el lado más bello del hombre, sino también el más oscuro, ha sufrido el dolor físico, psicológico y espiritual en su existencia humana. El estupor llega al máximo cuando vemos que este Dios es inmortal, que es la vida misma, haya querido una cosa tan contraria a sí mismo. Morir como hombre. ¿Y qué muerte? Una muerte, la más dolorosa, la más infamante que existía en aquel tiempo, una muerte que está unida a la maldición, una muerte de pecador. Él ha querido alcanzar al hombre en la prisión de su pecado. Ha querido llegar al lugar donde no “debería” llegar, al territorio del pecado, al ámbito de los “sin Dios”, al lugar que es por definición “alejamiento de Dios”. ¡Todo esto por amor! Un amor “hasta el final”, dice S. Juan (Jn 13, 1), un amor más allá de todo límite y medida, una amor que “sobrepasa todo conocimiento”, dice Pablo (Ef 3, 19).

Todavía es mucho más. Este amor sin límites empuja a Jesús a llegar hasta un punto tan paradójico, tan excesivo que resulta incomprensible. Jesús en la cruz ha querido sufrir hasta la soledad más absoluta: sentirse abandonado del Padre con el que está unido en un amor intensísimo. ¿ Dios, Dios mío, porqué me has abandonado? ¡ Un grito denso de misterio! Sí, aquí nos adentramos tímidamente a un misterio de amor demasiado grande. No hay dolor más fuerte que sentirse abandonado por la persona más querida, justamente en el sufrimiento, en el momento en el que se tiene más necesidad de una presencia de amor. Jesús ha querido también sufrir esto, un sufrimiento más doloroso que la misma muerte en cruz, para poder tocar el fondo último del dolor, bebiendo el cáliz hasta la última gota. 

Si el dolor del infierno consiste sustancialmente en la desgarradora lejanía de Dios, entonces se puede decir que Jesús ha sufrido hasta el dolor del infierno. Y si la felicidad del paraíso consiste en el gozar de la presencia de Dios, entonces se puede afirmar que Jesús ha sufrido el dolor del infierno para darnos el acceso al paraíso. Si en la encarnación Dios ha bajado del cielo a la tierra, en la cruz Él baja todavía más, ¡hasta el mismo infierno! Se ha inclinado hasta llegar a la miseria más profunda del hombre.

Ha construido una escalera no solo entre el cielo y la tierra, entre Dios y el hombre, sino entre el paraíso y el infierno, entre Dios y los pecadores. 

Dios ha querido sufrir el abandono de Dios, Dios ha llenado de sí, el vacío de Dios. Ha penetrado en el terreno de los sin Dios y ha colmado con su presencia su ausencia. Es justamente aquí donde el pecado es definitivamente derrotado. Dios ha penetrado en el lugar donde no hay Dios.  He aquí, el porqué la cruz es el punto de atracción hacia el cual Dios atrae a todos hacia sí (cf. Jn 13, 22). He aquí, el porqué la cruz es la mayor y más sorprendente revelación de que Dios es amor. 

Jesús crucificado revela hasta dónde puede llegar la omnipotencia del amor. Pero este acto de amor no lo cumple solo Jesús, el Hijo, sino toda la Trinidad. Es toda la trinidad que sufre sobre la cruz por amor del hombre, el Hijo sufre la lejanía del Padre. Y el el Padre sufre entregando el Hijo al abandono, sin intervenir. Él que está eternamente unido al Hijo, ahora se abstiene de mostrarse presente al Hijo, dejándolo tocar el fondo del abismo, dejándolo penetrar en la soledad de los pecadores hasta morir de su misma muerte. Y el Espíritu, que unión de amor entre el Padre y el Hijo, en el momento de la cruz es el amor que sufre, el amor de laceración. El amor empujar a salir de sí mismo, a ir más allá. El amor también ha movido a la Trinidad, en un cierto sentido, a salir de sí misma, a ser excesivo. 

Pablo recoge profundamente este misterio paradojal del amor. Afirma: “El que era sin pecado, Dios lo trató como pecado a favor nuestro (2Co 5, 21) y acoge con conmoción este don de amor, consciente que se dirige a él personalmente, además de toda la humanidad: Cristo “ me ha amado y se ha dado a sí mismo por mí” (Gal 2, 20). 

Pero el amor de Dios, porque de hecho es sobreabundante, huye de los parámetros del corazón humano mezquino, frío, duro. La cruz aparece como “debilidad”, “escándalo”, “necedad” (cf. 1Cor 1,17-25) para quien se tiene por sabio, o sigue la lógica del mundo.

Hay que tener un corazón humilde, sencillo, un corazón de niño. Sensible al amor, abierto al asombro, a la alabanza, al agradecimiento, dispuesto para dejarse fascinar, comprometer, conmover. 

Un peligro para nosotros es el de habituarnos demasiado al misterio. De entre los muchos crucificados de nuestros ambientes no siempre vemos al Crucificado. El acontecimiento de la cruz, una vez puesto al centro del diseño salvífico de Dios, lo consideramos doctrinalmente sistematizado, lo damos por descontado, pacífico. El mismo viernes santo, fijado en nuestro calendario, arriesga el no ser ya memoria de hecho sorprendente. El crucificado en medio a las flores, a velas, a incienso, no nos estremece ya como hace dos mil años en el Gólgota. En la vida diaria, además, frecuentemente llamamos cruces a muchas banalidades que no merecen dicho nombre. Exagero un poco, pero el peligro del cual ponían en guardia las Iglesias de Galacia, es decir, el de vaciar de significado la cruz, el peligro de hacer vana la muerte de Jesús es todavía muy existente. 

4. El amor divino derramado en el corazón humano. 

El amor mueve a Dios a estar continuamente presente en la vida de sus hijos e hijas, a cuidar de ellos, a prevenir, perdonar, corregir, guiar y acompañar. Jesñus nos invita a abandonarnos al amor del Padre, que sabe de que cosa tenemos necesidad, que nos da el pan de cada día (cf. Mt, 6) que amaestra nuestro corazón colmándolo de su amor. 

Pablo experimenta profundamente esta ternura de Dios en su vida. En la carta a los Romanos, describiendo la belleza de la identidad de los creyentes salvados por Cristo afirma: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 4). 

El amor ha sido derramado en el corazón, el lugar más íntimo, el núcleo más auténtico del hombre, de donde brota todo dinamismo espiritual, el lugar en el que él fundamenta toda su existencia, el terreno de la reflexión sapiencial, del discernimiento, de la maduración de la conciencia, del crecimiento interior. 

Es el mismo Espíritu el que grita en nosotros “Abbà, Padre!” que ruega en nosotros con gemidos inefables (cf. Rm 8, 15.26), derrama continuamente el amor de Dios en el corazón humano, lo llena, lo alimenta, lo alarga, lo sintoniza con el de Dios. 

La imagen de “prodigar”1 que Pablo usa es particularmente bella, manifiesta en modo vivo y poético el amor incondicional, abundante, continuo, incesante. El gesto de prodigar habla de generosidad, de medida remecida. Pablo usa esta imagen todavía otra vez en la carta a los Efesios: “Él ha prodigado abundantemente sobre nosotros la riqueza de su gracia con toda sabiduría e inteligencia” (Ef 1, 8). La imagen evoca la escena de Ez 47: el agua brota del templo, lo llena y continúa a correr llevando la vida por donde pasa. 

La relación entre Dios y el hombre se coloca a este nivel de superación y sobreabundancia. Dios dialoga con el hombre en los amplios espacios de la belleza y el amor, no en la angustia de los derechos y de los deberes. Colma a sus criaturas de su plenitud (cf. Ef 3,19), les concede “gracia sobre gracia” (Jn 1, 16) y “vida en “abundancia”(Jn 10, 10). “Dios tiene el poder de hacer mucho más de lo que podemos pensar y pedir” (Ef 3, 20). 

El criterio del don de dios no es del “mínimo indispensable”, sino del máximo, de la sobreabundancia sorprendente, de la plenitud. Jesús lo manifiesta claramente no solo con sus palabras, sino también con sus obras. En el primer milagro, en Cana, el agua transformada en vino es superabundante y de calidad excepcional. Para alimentar a la multitud, multiplica los panes en gran cantidad, tanto que sobran doce canastos. El agua que promete a la Samaritana no solo apaga toda sed, sino que además se convierte en fuente que brota. En el milagro de la pesca, pocos peces habrían bastado para que los apóstoles, después de haber fatigado toda la noche, hubieran reconocido el Señor, pero los peces son 153, mucho más del necesario. Jesús quiere que sus discípulos lo imiten en la grandeza de corazón: “dad y se os dará dado; una buena medida, apretada, remecida, hasta rebasar, pondrán en el halda de vuestros vestidos” (Lc 6,38). 

Pablo, fascinado por la generosidad de Dios, suplica para que podamos estar “en grado de comprender con todos los santos cuál sea la amplitud, la longitud, la profundidad” (Ef 3, 18) del amor con el que somos amados. 

Estímulos para una reflexión 

“Del Corazón de Jesús, abierto sobre la cruz, nace el hombre del corazón nuevo (Cost.  SCJ. 3)

Examinemos nuestro corazón: ¿Lo encontramos árido, duro, frío, cerrado, inerte, cansado, vacío, insensible, impermeable, indiferente, desagradecido al amor?

¿Es un corazón de piedra? ¿Un corazón “tardo”, como el de los discípulos de Emaús? ¿Nos dejamos penetrar por el amor de Dios? ¿Nos dejamos alegrarnos, sorprendernos del amor abundante de Dios? ¿Nos dejamos cautivar, estremecer, “traspasar el costado”

(cf. Hch 3, 37)? ¿Tenemos un “corazón de carne”, simple, humilde, fresco y rico de humanidad? 

De la Biblia ser recoge con claridad esto: lo que hace sufrir mayormente a Dios es la esclerocardia de su pueblo. Los profetas manifiestan con palabras e imágenes que tocan al dolor y a la “impotencia” de Dios, de frente a la insensibilidad del hombre (por ejemplo, la viña ingrata en Is. 5, 1-7: “Qué cosa puedo hacer aún por mi viña que no lo haya hecho?”... ; el hijo rebelde en Os 11. 1-6: “… cuanto más les llamaba, más se alejaban de mí; … no entendieron que cuidaba de ellos”; el proceso contra Israel en Mi 6, 1-8: “Pueblo mío, ¿ qué te hecho? ¿En que te he contristado? Respóndeme”.

También en el Evangelio Jesús recrimina frecuentemente, y con palabras duras, a sus opositores, a la gente y a sus discípulos por su indiferencia e insensibilidad al amor ( a la gente: “ ¿A quién compararé a esta generación? Es semejante a aquellos muchachos sentados en las plazas que se dirigen a otros compañeros diciendo: Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado una lamentación y no habéis llorado”…(Mt 11, 16-19); a sus enemigos: … “Yo os conozco y sé que no tenéis en vosotros el amor de Dios” (Jn 5, 42), a los discípulos: “¿No entendéis y no comprendéis aún? ¿Tenéis el corazón endurecido? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis orejas y no oís?...”( Mc 8, 14-21). 
 

                    II. El amor de Dios que nos apremia 

Volvamos, de nuevo, a subrayar la frase paulina: “El amor de Cristo nos apremia”.

El amor de cristo, un amor preveniente, inmenso y sorprendente, suscita en nosotros la respuesta de amor hacia Él y por lo que nos ama. El amor de Cristo engendra en nosotros el amor para cada ser humano; la pasión de Cristo engendra la pasión por el hombre. En el amor hay un dinamismo interior ( amor recíproco entre las personas que se aman) y un movimiento al externo (junto hacia los demás). Dice A. Saint- Exupéry: “Amar no quiere decir solamente mirarse a los ojos, sino mirar juntos en la misma dirección. 

El amor que ha movido a Dios, continúa a empujarnos a nosotros, el amor con que ha colmado nuestros corazones se derrama sobre los demás. Es un dinamismo continuo. 

Una reflexión sobre la palabra “empujar” que Pablo usa aquí: el verbo griego synéchei no es fácil de traducir, reviste muchos matices de significado, puede ser traducido como “apretar desde todas las parte”, “comprimir”, “tener juntos”, “contener”, “sostener”, “empujar”, “apremiar”. Jerónimo en la Vulgata traduce al latino con urget. La nueva versión de la CEI traduce: “el amor de Dios nos posee” (es interesante confrontar las diversas traducciones en otras lenguas: The love of Christ urges nos, impels us, compels us;l’amour du Christ nous presse, nous domine; di Liebe Christ drängtuns, halt uns zusammen; la caridad de Cristo nos apremia). 

El amor de Cristo mantiene unidas todas las energías interiores de la persona hacia un punto focal. Es aquel fuego interior o la “seducción” de la que habla el profeta Jeremías

“Me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir; me has me has agarrado y me has podido… pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía”(Jer 20, 7-9). 

Pablo experimenta la misma “seducción”, se siente “poseído”, inmerso en un giro dinámico del amor que reestructura toda su personalidad: “Ya no vivo yo  sino es Cristo que Cristo vive en mí”(Gal 2, 20), lo empuja a salir de sí mismo, correr para “conquistar a Cristo” y dejarse conquistar por Cristo (Fil 3, 12), a compartir el amor experimentado con los demás, con audacia y creatividad, desafiando la fatiga, las dificultades, el sufrimiento y las adversidades. Se comprende en este sentido su afirmación: “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Cor 9, 16). 

Intentaré articular algunas reflexiones acerca de cómo el amor de Cristo nos apremia a nivel personal, comunitario y misionero según los tres polos indicados en el Instrumentum laboris 

1. Sintonizar el corazón con el de Cristo  - el ámbito de la espiritualidad 

En torno al cambio del Milenio toda la Iglesia se ha empeñado en volver al centro del cristianismo: fijar la mirada en Cristo. Los varios sínodos continentales, todos focalizados en Cristo y después el sínodo de la Eucaristía y sobre la Palabra, el magisterio de Juan pablo II y Benedicto XVI, los varios documentos de la Curia romana ( por ejemplo Repartir desde Cristo, de la Congregación de la Vida Consagrada) se dirigen claramente hacia este centro. Es el Espíritu el que lo ha sugerido a la Iglesia. 

El amor de Cristo nos empuja (nos tiene unidos) a crear la unidad interior dentro de nosotros, a evitar la dispersión, la confusión y el desorden  de la vida espiritual, que es común de nuestra época. El artículo 7 de vuestras Constituciones describe muy bien esta centralidad de Cristo:

“Como discípulos del Padre Dehon, queremos hacer, de la unión a Cristo

en su amor por el Padre y por los hombres, el principio y el centro de nuestra vida.

con predilección, meditamos estas palabras del Señor:

Permaneced en mí y yo en vosotros; como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo

Si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí (Jn 15, 4)

Fieles a la escucha de la Palabra y a la fracción del Pan,

estamos invitados a descubrir cada vez más la persona de Cristo y el misterio de su Corazón y anunciar su amor que sobrepasa todo conocimiento.

Qué Cristo habite por la fe en vuestros corazones y así, radicados y fundados en la caridad, estéis en grado de comprender con todos los santos cual sea la amplitud, la longitud, la altitud y profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios (Ef 3, 17-19). 

La categoría juánica del “permanecer” citada en este artículo manifiesta bien el sentido de la centralidad de Cristo y del ser movidos por su amor. Ya en la primera narración de vocación en el Evangelio de S. Juan, el verbo “permanecer” viene usado tres veces. Los dos discípulos de Juan el Bautista, fascinados por Jesús, le siguen y le preguntan: “Maestro, ¿dónde moras? Y después de la invitación de Jesús a venir y ver, estos discípulos fueron  a ver dónde donde se quedaba aquel día, y aquel día se quedaron junto a Él”(Jo 1, 38-39). Los discípulos quieren informarse de la morada de Jesús, mientras Jesús mismo se hace morada. Seguir a Jesús, quiere decir, pues, permanecer junto a Él. 

Atraído por el Padre, siguiendo a Jesús, el discípulo entra en la comunión de vida y de amor entre el Padre y el Hijo, se deja amar con gratitud y simplicidad. Jesús mismo lo garantiza: “Como el Padre me ha amado, así también os he amado yo. Permaneced en mi amor (Jn 15, 9). El amor plasma y estructura la persona haciéndola cada vez más cercana al otro. Permaneciendo en el amor de Dios el discípulo adquiere una nueva visión de la realidad, una nueva fuente de deseos. Desea lo que quiere Dios. Es en este sentido que Jesús dice: “Si observáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor… [… ]

Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 10-12).

No se trata de observar los mandamientos impuestos desde fuera, sino que es una armonía con el mundo de Dios, adquiriendo, como dice  la Vita Consacrata, : “una especie de instinto sobrenatural” (n.94). 

Este permanecer, junto a Jesús y en Jesús, resulta para los discípulos fuente inagotable de recursos internos para su vida y para su misión. Permaneciendo constantemente en Jesús como los sarmientos en la vid y dejándose penetrar, cada vez más íntima y profundamente por Él, la vida del discípulo llega ser espiritualmente fecunda. “Quien permanece en mí y yo en él, da mucho fruto” (Jn 15, 4-5). 

Esta sintonía del corazón se hace más intensa en la Eucaristía, el Sacramentum caritatis en el que realiza una comunión de vida, un flujo de amor. 

2. Profecía de la unidad en la diversidad – el ámbito de la comunidad 

En un mundo globalizado, en el que por desgracia nos cuesta evitar las divisiones y conflictos entre razas culturas y religiones, etc… y en el que nos sentimos incapaces de hacer resaltar la riqueza de la multiculturalidad y el ideal de la fraternidad universal, el objetivo de la vida comunitaria de dar testimonio es particularmente importante.

Cito algunas partes de documentos eclesiales como referencia: 

  • “La comunidad religiosa hace visible la comunión que funda la Iglesia y es a la vez profecía de la unidad hacia la que tiende como meta final (Vida fraterna en comunidad, 10);
  • “La misma vida fraterna es profecía en acto, en el contexto de una sociedad que, a veces, sin darse cuenta, tiene un anhelo profundo de una fraternidad sin fronteras (Vida consacrata, 85).
  • La Iglesia confía a las comunidades de vida consagrada la tarea particular de hacer crecer en la espiritualidad de comunión, ante todo en su propio interno y, después, en la misma comunidad eclesial y más allá de sus confines, abriendo o reabriendo constantemente el diálogo de la caridad, especialmente en el mundo de hoy, desgarrado por el odio étnico o por la locura homicida. Situad en las diversas sociedades de nuestro planeta […] las comunidades de vida consagrada, en las que se encuentran como hermanos y hermanas personas de diferente edad, lengua, cultura, y se ponen como signo de un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de armonizar la diversidad”(Vita Consacrata, 51).
  • La santidad y la misión pasan por la comunidad, porque cristo se hace presente en ella y a través de ella. El hermano y la hermana se hacen sacramento de Cristo y del encuentro con Dios, la posibilidad concreta y, más aún, la necesidad insustituible para poder vivir el mandamiento del amor recíproco y por tanto la comunión trinitaria. En estos años las comunidades y los varios tipos de fraternidades de los consagrados son siempre cada vez más entendidos como lugar de comunión, en el las relaciones aparecen menos formales y donde la acogida y la mutua comprensión se facilitan. Se redescubre también el valor divino y humano del estar juntos gratuitamente, como discípulos y discípulas alrededor de Cristo Maestro, en amistad, compartiendo también los momentos de distensión y diversión (Repartir desde Cristo).
 

El amor de Cristo nos empuja a crear la unidad en la diversidad para ser testimonio y profecía para el mundo. Miremos nuestro modelo: la comunidad de la Iglesia primitiva.

Intento imaginar tener que crear un web site para la comunidad primitiva y colgar algunas fotografías sacadas de los libros del Nuevo Testamento. 

Una foto de grupo: la comunidad elegida y constituida por Jesús 

Los doce apóstoles son de procedencia diversa. Se sabe que Felipe es de Betsaida (Jn 1, 44), Pedro y Andrés tienen casa en Cafarnaún (Mc 1, 29), Simón es de origen cananeo (Mc 3, 18). Bartolomé, que la tradición identifica con Natanael, es de Caná de Galilea (Jn 21, 2). 

Son hombres de profesiones diversas. Algunos pescadores, mientras Mateo es cobrador de impuestos. Algunos seguían a Juan el Bautista, de algún iban encaminados hacia una vida espiritual más intensa y exigente; otros, en cambio, eran pescadores en el lago de Tiberíades (Mc 1, 16-20) o Mateo en el banco de los impuestos (Mc 9, 7-9), inmersos en su vida de gente corriente y en su trabajo cotidiano, han sido llamados por Jesús al improviso, sin ninguna preparación ni próxima ni remota. 

Antes de ser discípulos de Jesús muchos de ellos no se conocían, otros eran unidos por lazos de sangre o de amistad. Andrés y Pedro, Santiago y Juan eran dos parejas de hermanos; los pescadores son compañeros de trabajo; Felipe es probablemente amigo de Natanael.

Los doce apóstoles reflejan también una diversidad de ambiente de vida y de tencias ideológicas. Junto a los sencillos pescadores de Galilea está Mateo el publicano, Natanael un “verdadero israelita”, Simón un zelota.  

Si del cuadro externo nos dedicamos a entrar y ver su carácter y personalidad, la diversidad que emerge es todavía mucho más grande. (Benedicto XVI no ha ofrecido toda una galería de retratos en una serie de catequesis en las audiencias del miércoles). 

En el propio grupo llama mucho la atención Simón Pedro, hombre impulsivo, vehemente, más dado a obrar que a reflexionar, pronto a prometer pero no a mantener la promesa. Es un tipo que va fácilmente a los extremos, que cae fácilmente, pero que se levanta con prontitud apenas conocido el error. Es impaciente, quiere ver todo claro y enseguida, le cuesta esperar y pararse en el misterio, sigue a Jesús con todo el ardor de su carácter y todo su amor, Jesús le confía la misión de guiar la Iglesia naciente. 

También Juan tiene un amor ardiente por Jesús, pero lo manifiesta de modo diferente. Dotado de una gran capacidad de reflexión e intuición, junto a una gran sensibilidad por el misterio, es el teólogo y el místico del grupo. 

Andrés se da a conocer como un hombre sociable, generoso, celoso, presuroso en llevar a los demás a Jesús. Cuando descubre algo bueno y hermoso, se da prisa en compartirlo con los otros. Ha sido él quien ha llevado a su hermano Pedro a Jesús. Y también el que ha descubierto el muchacho con cinco panes y dos peces y presentarlo a Jesús, contribuyendo así al milagro. 

Semejante a Andrés, desde este punto de vista, es Felipe, el mediador entre Jesús y Natanael en su primer encuentro. Es un hombre sencillo, franco; se le hace difícil el ir más allá de lo visible, a penetrar en el sentido más profundo de la realidad. Se ve de la pregunta de Jesús: “Felipe, estoy tanto tiempo con vosotros y ¿no me has conocido?” 

Como Felipe, y más que Él, también Tomás es lento para comprender el misterio en su profundidad. Es un tipo racional, ni se compromete ni arriesga con facilidad, no se fía sin pruebas tangibles, no cree sin haber tenido una experiencia personal. 

Natanael ha tenido el privilegio de recibir un hermoso elogio de Jesús en el primer encuentro:” He aquí un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Esto le ha hecho pasar de un escepticismo irónico (“¿De Nazaret puede salir algo bueno?”) a un confesión de fe (“Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”). 

A estos hombres tan diferentes entre sí Jesús les ha exhortado: “ Amaos como yo os he amado”( Jn 13, 34; 15, 12), sobre ellos Jesús ha pronunciado, al final de su vida, la oración dirigida al Padre: “Que sean perfectos en la unidad” (Jn 17, 23). Es a ellos a quienes Jesús se ha confiado totalmente, sus palabras, sus acciones, su misión, y en cierto sentido, su futuro. 

Hoy nuestras comunidades reproducen esta foto. Nuestras diferencias son más grandes y más complejas, pero el centro de unión es el mismo. Nuestro mensaje profético de frente a un mundo lleno de divisiones es esto: el diálogo y la unión entre diversos es posible, factible, real y hermoso, cuando existe el amor y está en el centro Dios. 

Una serie de fotografías de reuniones de la Iglesia primitiva 

Lucas nos da una serie de fotografías de la vida de la Iglesia primitiva en los Hechos de los Apóstoles, particularmente son interesantes, las de las reuniones de grupo: a la espera del Espíritu, en el discernimiento para sustituir a Judas y la elección de Matías, reuniones de oración y de la fracción del pan, reuniones de condivisión de experiencias misioneras, reuniones de gozoso agradecimiento narrando las maravillas realizadas por el Señor, reuniones de oración durante la persecución, etc. En particular quisiera poner de relieve las fotografías de las reuniones colegiales para resolver los problemas nacidos, afrontar los desafíos con la creación audaz de la novedad. 

Según el libro de los Hechos, la primera tensión surgida en la Iglesia de Jerusalén es del “malcontento entre los helenistas hacia los hebreos, porque sus viudas eran marginadas en la distribución de cada día (Hch 6, 1). Se advierte un malestar en la comunidad, este malestar es sentido y manifestado en forma de descontento, malhumor. Un fenómeno inevitable en las comunidades humanas. 

¿Cómo reacciona el grupo de los Doce? Habrían podido imponer su autoridad haciendo callar a los descontentos o exhortando a la paciencia para soportar el malestar, hubieran podido minimizar el problema, como el avestruz, o murmurar a su vez contra los descontentos. En cambio, intervienen afrontando el problema con sabiduría y realismo. 

La tensión aparece a causa de la asistencia a las viudas, por tanto en la organización de la obra de caridad, pero lo que se ve no es otra cosa que la punta del iceberg de un problema mucho más amplio y de raíces profundas. En realidad se trata de la dificultad de convivencia de los dos grupos lingüísticos que eran, en el fondo, dos grupos étnico-culturales diversos, con dos modos diversos también de concebir la novedad cristiana.

De todas formas, esta tensión se hace sentir justo en el momento en el que la comunión de fe debería hacerse visible y operativa: en el testimonio de la caridad. 

El estudio y la solución del problema se ha realizado en forma colegial. Esla primera opción pastoral de la Iglesia, una opción innovativa: la institución de un nuevo ministerio que se preocupe de las obras de caridad. 

¿Se trata solo de una división de trabajo? ¿Es solo un modo de contentar a los helenistas, dándoles mayor espacio y posibilidad de mayor participación? Quien así piensa habría reducido y diluido el sentido teológico que Lucas atribuye a toda esta situación.  En realidad, la tensión entre los dos grupos ha llevado a los discípulos a ampliar su punto de vista, ha estimulado su creatividad para inventar caminos pastorales más arriesgados según las necesidades de la situación; al mismo tiempo ha provocado en ellos ha provocado en ellos una conciencia más profunda de su tarea al interno de la Iglesia. “Nosotros, en cambio, nos dedicaremos a la plegaria y al ministerio de la palabra (Hch 6, 4). Ellos no son el factotum de la comunidad. Hay prioridades y tareas que son de su competencia de modo exclusivo en cuanto testigos oculares dela vida terrena de Jesús.

Lucas menciona todavía otras tensiones en el libro de los Hechos. Siempre en relación con las dificultades entre los cristianos convertidos del paganismo y del judaísmo, como sucede en Antioquia, donde estalla la discusión entre ambos grupos: “Algunos, venidos de Judea, enseñaban a los hermanos esta doctrina: “Si no os hacéis circuncidar, según el uso de Moisés, no podéis salvaros”. Pablo y Bernabé se oponían resueltamente y discutían animadamente  contra ellos” (Hch 15, 1.2). La controversia viene resuelta en la gran asamblea de Jerusalén (Hch 15, 5-29) desarrollada bajo la guía del Espíritu (“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…” v. 28, en la que son tenidos en cuenta dos elementos fundamentales para salvaguardar y conciliar: la universalidad del Evangelio y la unidad de la Iglesia. Ambos son igualmente esenciales y, por tanto, deben coexistir. La Iglesia, para ser fiel Cristo y a su propia identidad, debe vivir siempre en la universalidad y en la unidad, ser una y estar abierta a todos, por tanto estar abierta a una pluralidad de experiencias y expresiones cristiana.

Aquí tenemos un testimonio profético de una comunidad que sabe afrontar las tensiones, sabe discutir, discernir y encontrar juntos las decisiones. 

Fotografías de encuentros entre diversas comunidades 

Sería interesante contemplar las fotografías que Lucas presenta del encuentro y las relaciones de Pablo con la comunidad de Jerusalén. No muy nítidas, pero estimulantes. Sentimos la curiosidad por saber cómo la comunidad ha acogido este “intruso”, ex perseguidor y que ha entrado a formar parte de la Iglesia de un modo totalmente insólito, cómo Pablo haya llevado esta delicada relación y, sobre todo, cómo el amor puede superar todas las dificultades de relación al interno de la Comunidad. 

La diversidad no existe solo entre las personas, sino también entre los grupos, entrelas diferentes comunidades eclesiales. Mientras la comunidad de Jerusalén viven en un ambiente judío, las comunidades de Antioquia, en toda el Asia Menor y en Europa (comunidades fundadas por Pablo) son comunidades “mixtas”, de convertidos judíos y no judíos. Este nuevo desarrollo conduce hacia caminos pastorales más arriesgados, como el de abrir de par en par las puertas de la Iglesia a los no judíos, sin mediaciones de ningún tipo. 

Las nuevas comunidades fuera de la comunidad madre, cada una con su propio rostro, no se consideran independientes o separadas, sino unidas en la fe y en la fraternidad. Se forma una red de comunicaciones, se cruzan visitas, se intercambian ayudas y noticias. Movida por el amor de Cristo, viviendo en solidaridad y armonía la Iglesia crece en la verdadera catolicidad, hacia la comunión universal, que abraza hombres y mujeres “de toda nación, raza, pueblo y lengua”(Ap 7, 9). 
 

3. Sabiduría, audacia y creatividad en la evangelización – el ámbito de la misión 

El amor apremia. Aquel amor que ha llenado el corazón no se para, no pierde su dinamismo, sino que se derrama y se efunde rebosante sobre todo lo que le rodea.

Benedicto XVI dice: “El amor, por su naturaleza, debe ser ulteriormente participado por los demás. El amor crece a través del amor (Deus caritas est 18). 

Todos sabemos qué potente es la fuerza del amor. Movido por el amor, el hombre es capaz de darse sin medida, atravesar los umbrales de sus límites, hacerse creativo, ir más allá de lo posible. El amor potencia todos los recursos del hombre, aumenta la fuerza física, refuerza la inteligencia, dilata el corazón, agudiza la intuición, anima la sensibilidad, aumenta el sentido poético-estético, lo hace audaz y emprendedor, sabio y delicado, fuerte y tierno. 

Pablo,“agarrado” por Cristo y totalmente poseído por su amor, ha realizado lo imposible. El amor de Cristo se convierte en el motor de su existencia. Todo en él es dictado por este amor y nada tiene un puesto sino es Él. Si Cristo ha muerto por todos, la vida no puede ser vivida más que por Él, es decir, para llevar a “todos” a encontrarlo.

Si el amor de Cristo nos apremia, es normal que el pasado no le interese más (cf. Fil 3, 7-9), que cada persona le aparezca como preciosísima, siendo “un hermano por el cual cristo ha muerto” (1Co 8, 11). Él, que desde el evento de Damasco había descubierto la solidaridad de Jesús con los hombres (“Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?”) intuye que no puede vivir para sí, sino para Cristo y por la salvación de la humanidad.

El amor recibido debe ser compartido. El Pablo centrado en sí mismo, se convierte en el Apóstol que se hace “todo para todos” para salvar el mayor número de personas (1Co 9, 22). Al centro de su vida no es ya el esfuerzo por la perfección, sino la atracción por Cristo. Él mismo atrae otros a Cristo, como un fascinado y un apasionado. 

El impulso potente del amor, tiene como modelo la figura de María. La vemos correr presurosa por las montañas de Judea. La vemos atenta en Cana, preparada para descubrir lo que falta y poner remedio. El filósofo J. Piper, dice: “Donde hay amor, hay ojos”. El amor intuye, ve, provee, previene. 

En la historia de la evangelización (en la que los religiosos han dado un grandísimo contributo) hombres y mujeres, apasionados por Cristo, han realizado obras muy superiores a sus capacidades, han sabido encontrar las vías mejores, frecuentemente creativos, para anunciar el Evangelio. Nuestra sociedad hoy es mucho más compleja y los desafíos son más difíciles de afrontar, la pasión y la fuerza del amor son, más que nunca, indispensables. 

El mismo espíritu que derrama abundantemente el amor de Dios en nuestros corazones nos apremia y sugiere el modo oportuno para difundir el amor. Me agrada el retomar el episodio de Hch 8, con el que Lucas cuenta el comienzo de la misión de la Iglesia en territorio pagano y la conversión del primer pagano. El espíritu lo mueve a atravesar fronteras, no solo las geográficas sino también las del corazón. “Ve adelante y alcanza aquel carruaje” (v.29), Es una invitación, un impulso a coger la ocasión, a aprovechar el momento favorable, a no perderla ocasión que, acaso, no se da más, a dar el primer paso, a hacerse cercano, a salir al encuentro del otro sin esperar a que venga. 

El Espíritu dice a Felipe de acercarse al carruaje, no a quien encontrará dentro, ni que deberá hacer o decir. Es una invitación a afrontar lo nuevo, a dejarse sorprender con confianza porque es el Señor quien obra. La pasión apostólica empuja a llevar a Cristo a los demás con todas sus fuerzas, pero no induce al evangelizador a atribuirse el éxito, a la propia competencia o diligencia, a la bondad de métodos y estrategias. 

En el carro había un hombre. El carro no es la meta final a la que el Espíritu dirige a Felipe, sino el hombre que está dentro sentado. No son las estructuras institucionales o los edificios, sino el hombre, es el centro de la obra evangelizadora. Aquí encontramos al etíope que lee ya la Escritura. El Espíritu actúa en el evangelizador, pero también en los destinatarios de la evangelización. El etíope invita a Felipe a “sentarse junto a él”(v.31). Sentado al lado, están juntos, Felipe se hace prójimo, compañero. Se da cuenta de no ser el sembrador sino el segador recogiendo el fruto de la obra del Espíritu, él se pone junto a un amigo, y discurre con él con toda franqueza, admiración y cordialidad sobre las cosas de Dios. La Palabra crea amistad y sintonía de corazón. La transmisión del Evangelio no se da por medio de disquisiciones teóricas o especulaciones abstractas, sino sobre todo a través de la experiencia de amor, en el respeto mutuo, en la simplicidad del mutuo intercambio, del diálogo y de la amistad. 

Después, el diálogo concluye en el bautismo, y al final, Felipe desaparece y el etíope “continuó su camino lleno de alegría”. Felipe no se hace señor de la vida del eunuco, no establece ninguna relación de dependencia. Recibido el empuje el eunuco prosigue con alegría, no es ya el de antes, está interiormente transformado. El amor de Dios continúa llenando su corazón y la alegría sigue sosteniéndolo en su camino.

Pablo conoce muy bien este dinamismo, dice a los Corintios: “No es que pretendamos dominar vuestra fe, sino que contribuimos a vuestro gozo, pues os mantenéis firmes en la fe (2Co 1, 24).

La pasión apostólica mueve al cristiano a dar a los otros la alegría que tiene en el corazón, a darla gratuitamente como la ha recibido gratuitamente a su tiempo. Pero también Felipe parte con alegría, maravillado y agradecido. La pasión apostólica beneficia no solo a los destinatarios de la misión, sino en primer lugar al apóstol.

El amor de Dios mueve, mueve a Dios y apremia al hombre. Es un dinamismo cautivante e irrefrenable. 
 

 

 

 

 

 

 

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